Finales de mayo

La 3ª clase en Cañicosa

Días de camino, oficios y convivencia

Hay viajes que se preparan con una mochila, una gorra, una cantimplora y muchas ganas. Pero hay otros viajes que, además de todo eso, se preparan también con confianza, con ilusión y con el deseo profundo de que cada niño y cada niña pueda encontrarse con algo verdadero del mundo.
Así han sido estos días para la tercera clase de Artabán en Cañicosa, Pedraza y sus alrededores: unos días sencillos y llenos de vida, en los que el grupo ha caminado mucho, ha trabajado con las manos, ha cantado, ha compartido mesa, cansancio, risas, historias y pequeños descubrimientos.
Desde el primer día, el camino ya estaba enseñando. Caminaron por senderos de tierra, con el sol acompañando, cuidándose con agua, gorras y crema, y desplegando un gran mapa cada vez que necesitaban orientarse. Para algunos era una aventura nueva; para otros, un reto. Para todos fue una oportunidad de aprender a caminar juntos: esperar, mirar alrededor, confiar, seguir adelante y llegar.
En Pedraza visitaron lugares muy especiales. Conocieron el obrador, se acercaron a la Casa del Águila Imperial y compartieron la comida al aire libre, en los jardines. Después siguieron el camino hasta la casa que les acogía. Llegaron con algo de retraso, sí, pero también con la alegría de quien ha conseguido algo con sus propias piernas.
La vida en la casa fue una parte muy importante de la experiencia. No solo porque allí descansaban y comían, sino porque allí aprendían a convivir de verdad. Cada comida, cada desayuno y cada cena traían también su pequeño trabajo: poner la mesa, recoger, limpiar el comedor, preparar lo necesario para el día siguiente. Son tareas sencillas, pero muy valiosas. En ellas los niños y niñas descubren que formar parte de un grupo también significa cuidar lo común.
Uno de los primeros talleres fue el de pizzas. Con las manos en la masa, cada uno pudo participar en la preparación de aquello que después compartirían en la cena. Y quizá por eso aquellas pizzas supieron tan ricas: porque llevaban dentro el trabajo, la espera, la alegría y el apetito de todo el grupo. También compartieron una crema de calabaza que gustó muchísimo. La mesa, estos días, fue siempre un lugar de encuentro.
Por las noches, antes de dormir, el grupo se reunía ya con el pijama puesto, aseado y con los dientes lavados, para cerrar juntos el día. Cantaban, escuchaban historias, compartían pequeños momentos artísticos y dejaban que la jornada terminara poco a poco, con calma. Esos instantes tenían algo muy íntimo y hermoso: después de todo lo vivido, el grupo se recogía, respiraba y podía descansar sintiéndose acompañado.
A la mañana siguiente, la vida del campo les recibió con toda su riqueza. Visitaron el huerto, trabajaron con el compost y estuvieron con las gallinas. Para los niños y niñas, estas experiencias son mucho más que una actividad: son una forma de tocar la vida con las manos, de comprender que la tierra necesita cuidado, que los alimentos tienen un origen, que los animales tienen su ritmo y que todo está unido.
También pudieron disfrutar de un taller de alfarería. El barro, tan humilde y tan noble, les permitió crear, experimentar, mancharse, probar, equivocarse y volver a intentar. Algunos talleres tienen precisamente esa belleza: no buscan un resultado perfecto, sino que invitan a estar presentes en el proceso.
Uno de los paseos más bonitos fue el que hicieron por el campo. Caminaron en silencio, en fila, despacio, intentando pisar en las mismas huellas, como hacen los lobos. Fue precioso ver cómo los niños y niñas entraban poco a poco en otra forma de estar: más atentos, más silenciosos, más despiertos. En el río, algunos se remojaron y todos pudieron observar huesos y cráneos de animales, con esa curiosidad limpia y viva que aparece cuando el mundo se muestra de verdad.
La música y el ritmo también tuvieron su lugar. Aprendieron a bailar la jota y descubrieron cómo objetos cotidianos, como cucharas, cacerolas o incluso una mandíbula de burro, pueden convertirse en instrumentos. Hubo alegría, sorpresa y muchas ganas de participar. Una vez más, lo sencillo se volvió especial.
Otro día visitaron a una pareja de carpinteros y trabajaron la madera. Algunos niños terminaron sus piezas y otros no, pero eso no era lo más importante. Lo valioso fue poder acercarse al oficio: tocar la madera, sentir su resistencia, aprender a tener paciencia, mirar con atención y descubrir que las cosas hechas con las manos necesitan tiempo.
En el camino hacia Rades vivieron uno de esos momentos que nadie puede planear y que, precisamente por eso, quedan grabados. Pudieron presenciar el nacimiento de un ternero. Los niños y niñas miraban asombrados, en silencio, con esa mezcla de sorpresa y respeto que aparece ante los grandes misterios de la vida. Fue una escena verdadera y profundamente educativa. La naturaleza les regaló una lección que no habría podido explicarse igual con palabras.
Después llegaron a la forja, donde el herrero les recibió con generosidad. Allí el grupo pudo conocer un oficio antiguo, lleno de fuerza, fuego, ritmo y precisión. Fue muy hermoso ver que los niños y niñas no estaban pendientes de llevarse algo individual para casa, sino de conocer, practicar y participar. Entre todos realizaron una escultura que quedará en la escuela como recuerdo de esta experiencia compartida.
El último día visitaron la Fábrica de Cristales. Llegaron con el cansancio acumulado de varios días intensos, pero también con la satisfacción de haber vivido mucho. Durante todo el viaje, los niños y niñas fueron amables y respetuosos con las personas que les acogieron, con los artesanos y con los espacios que visitaron. Hubo alegría, responsabilidad, canciones, flautas, momentos de cansancio y también muchos gestos de cuidado entre ellos.
Para los alumnos de Artabán, estas salidas son mucho más que una excursión. Son experiencias de crecimiento. En ellas los niños y niñas pueden mostrarse de otra manera, descubrir nuevas capacidades, afrontar pequeños retos, convivir, ayudar, esperar, agradecer y sentirse parte de una comunidad.
Educar no es solo enseñar contenidos. Educar también es caminar juntos, recoger una mesa, esperar al compañero, escuchar una historia antes de dormir, observar un animal, trabajar el barro, tocar la madera, cantar en grupo y descubrir que cada uno tiene un lugar dentro del grupo.
Queremos dar las gracias, de corazón, a las familias de la tercera clase por su confianza, su apoyo y toda su implicación para que esta experiencia haya podido realizarse. Cada salida así requiere preparación, disponibilidad, cuidado y colaboración, y nada de esto sería posible sin esa presencia cercana de las familias.
También queremos agradecer a todas las personas que han hecho posible estos días: a quienes nos abrieron sus casas y espacios, a quienes compartieron sus oficios, a quienes acompañaron los talleres, los caminos, las comidas y cada pequeño momento de la vida cotidiana. Gracias por recibir al grupo con tanta generosidad y por permitir que los niños y niñas se acercaran de una forma viva y real al campo, a los animales, a los oficios y a la belleza de lo sencillo.
Ha sido cansado, sí. Pero también ha sido hermoso. De esos cansancios buenos que dejan el corazón lleno.