El sábado anterior, tras un largo viaje desde Soria, don Javier llegó a la escuela cargado con casi 75 kg de uvas y un enorme barreño. Las uvas procedían de la bodega Aranda de Vries, creada por nuestra querida doña Ellen, una de las pioneras de Artabán y durante muchos años profesora de alemán de nuestra escuela. Todo estaba preparado para una sorpresa que los niños descubrirían unos días después.
El martes, los alumnos de quinta clase, muy hacendosos, comenzaron a preparar el gimnasio. Se necesitaban sillas, barreños, alfombrillas y toallas. Entre todos fueron separando las uvas de los racimos y colocándolas en el enorme barreño. Cuando ya estaba todo listo, los alumnos del resto de las clases, organizados por parejas de padrinos y ahijados, se fueron acercando al lugar. La sorpresa fue grande al ver aquel barreño lleno de uvas y escuchar la petición de don Javier: «¡Quitaos los zapatos y los calcetines y subíos bien alto los pantalones, al menos hasta las rodillas!».
Con mucho cuidado, cada padrino acompañó a su ahijado para introducir los pies primero en un barreño con agua y después en el de las uvas. Cogidos por los hombros, pisando primero con el talón y luego con el resto de la planta del pie, fueron aplastando las uvas como si estuvieran bailando una danza. Mientras tanto, los compañeros que esperaban su turno observaban atentamente cómo se hacía y cantaban canciones de la cosecha y del otoño, acompañando con alegría aquel particular baile.
Poco a poco, las uvas fueron soltando su dulce zumo. Cuando terminó el pisado, se coló el mosto para separar los restos de pieles, pepitas y pulpa. Después se hirvió y se guardó en botellas para compartirlo durante la Fiesta de la Cosecha.
Durante siglos, las uvas se pisaban con los pies en grandes lagares para extraer su zumo, tanto para consumirlo como mosto como para elaborar vino. Era un trabajo que requería esfuerzo y colaboración. Con la llegada de las máquinas que permitieron mecanizar esta tarea, el pisado tradicional fue dejando de ser habitual, aunque todavía se conserva en algunas bodegas y celebraciones populares.
Para algunos niños era la primera vez que vivían esta experiencia; otros ya habían elaborado mosto con anterioridad. A unos les resultó agradable y a otros no tanto, pero todos pudieron conocer de primera mano una antigua forma de transformar los frutos de la tierra.
¡Cuánto nos alegra poder mantener vivas estas costumbres y compartirlas con nuestros alumnos! Nos recuerdan que, con nuestras propias manos, un poco de esfuerzo compartido y unas buenas canciones, podemos elaborar el mosto más rico del mundo.